08 julio 2007

Después de nada no queda nada

Billy El Niño siempre ha sorprendido por su manejo rápido y virulento de la pistola. Pero ahora está paralizado delante del sheriff. Lo tiene entre ceja y ceja. Sus manos no responden.

Billy se deshace en el polvo del decorado del spaghetti western. Los turistas aplauden.

Se muere

La sangre hierve

No está su madre

Para decirle “Billy, vale”

Un helado destella el sol hacia su pupila. La adolescente ríe. Es fiesta mayor en algún pueblo a millones de kilómetros de distancia.

Se va por un agujero muy pequeño hacia un lugar oscuro y frío. Poco a poco se desvanece. Entonces se empeña en querer el helado. Y se empeña en que su manos tengan la rapidez de antaño y le levanten del suelo. Pero hay una bala incrustada en lo más profundo de su frente, la misma que su madre besaba cuando le decía “Billy, vale”.

Billy El Niño se escurre por el agujerito, dando vueltas en el sentido contrario en el sentido contrario de las agujas del reloj, como ocurre en el hemisferio norte. Estamos en Almería, no en Arizona. No hay indios, sólo figurantes que presumen de haber conocido a Clint Eastwood hace treinta años en un bar del desierto de tabernas.

Mientras se muere, Billy piensa “esto es una mierda”. Lo es.

El helado se deshace. Alguien besa a alguien en una fiesta mayor a millones de años luz de donde nuestro héroe se desangra pensando en por qué.

A millones de años luz

A millones de años luz

A millones de años luz

Luz

“Billy, vale”, y se deshace.